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domingo, 12 de marzo de 2017

LA MÁSCARA DE LOS DIENTES BLANCOS (Grafidea, 1948)


Editorial: Grafidea
Año: 1948
Ejemplares:  20
Dibujos:  Federico Amorós
Guión:  J. Alexis (Martínez Osete)
Tamaño:  17 x 24 cm. 
Páginas:  10 + Cubiertas
Precio:  1,25 ptas.

Colección producida por Editorial Grafidea en 1948 y uno de los títulos más singulares de todo catálogo del tebeo clásico español. Hasta el momento de su aparición habían sido numerosos los enmascarados de la viñeta, todos ellos presentados bajo nombres o apodos mas o menos convencionales. No sucedió así con este justiciero, cuya creación corrió a cargo de Federico Amorós, guionista de la casa desde su llegada a ésta un año atrás con El Jinete Fantasma bajo el brazo.  
En 1928 se había estrenado en España la película Cruiser of Jasper B (USA, 1926), que aquí fue traducida como El pirata de los dientes blancos, sin mayor justificación, pues se trató de una comedia romántica poco o nada sinérgica con esa traducción. La película tuvo buena aceptación y mejor notoriedad, gracias en gran parte al acierto en la españolización del título. Quizá –no es más que una suposición— esa cinta fuese utilizada por Federico Amorós como referente a la hora de dar título a su personaje, persiguiendo con ello una notoriedad que estamos seguros debió lograr, aunque sólo fuese por la obviedad que contenía: ¿Qué otro color podría tener una dentadura?  Si hubiera sido negra…
Las primeras viñetas planteaban todo tipo de interrogantes sobre el personaje: Una identidad desconocida, un pasado con un secreto terrible, una madre asesinada, etc. También se le atribuían dos características muy personales: su habilidad a la hora de sacar el revolver y su destreza con los puños. Parte de la introducción decía así: “Aquel hombre que cubría su faz por una máscara de dientes blancos no podía pasar desapercibido, y así le reconocieron en las poblaciones, los propietarios de los ranchos, los bandidos de las montañas, ladrones de ganado, los sheriffs y la gente fuese cual fuese su condición de vida. También los Pieles Rojas le reconocieron bajo el nombre de El Espíritu Blanco. Su presencia era irresistible, su figura era legendaria y a su paso se tejían las leyendas como estelas y recuerdos del pasado…”. Ingredientes todos ellos ya experimentados en el tebeo patrio.
Con todo, la colección no defraudó en absoluto. Tanto su ritmo narrativo, como la puesta en escena de Martínez Osete –que aquí firmaba como J. Alexis--, mantuvo un nivel más que aceptable. Era la primera colección que el autor abordaba en solitario para Grafidea, después de haber colaborado con la editorial en cabeceras como Tom Clark (1944) y La Daga Roja (1947). Con todo, lo mejor de la colección fueron sus portadas, expresivas y generosas en su composición.
Martínez evidenció aquí la influencia de sus dos principales maestros: Ferrando y Ambrós, con los que había trabajado entintando no pocas de páginas de cabeceras como El Diablo de los Mares y El Jinete Fantasma, entre otras, de ahí que el autor mostrara aquí cierta inclinación burlona en algunas viñetas; un tono risible acentuado por la personalidad fachosa los dos compinches del protagonista, los llamados Corto y Largo.   

Diez años después de esta primera aparición del personaje, Grafidea intentó sin suerte una reedición de los cuadernos, esta vez en formato vertical y con portadas nuevas. El intento se diluyó cuando se habían publicado sólo tres ejemplares.




Portada del cuaderno núm. 2

y página interior del núm. 1






domingo, 19 de febrero de 2017

LA VUELTA AL MUNDO DE DOS MUCHACHOS (Toray, 1948)



Editorial: Toray
Año: 1948
Ejemplares:  24
Dibujos:  Boixcar
Guión:  Boixcar
Tamaño:  17 x 24 cm. 
Páginas:  10 + Cubiertas
Precio:  1 pta.



Primera colaboración de Boixcar con Toray, después del paso de éste por Editorial Marco. El autor iniciaba así la etapa más exitosa y brillante de toda su carrera, dejando un conjunto de creaciones que tendría su punto culminante en la mítica Hazañas Bélicas.
Boixcar se había revelado a esas alturas no sólo como un excelente dibujante, también se reconocía en él a un guionista fiable capaz de sintonizar con los gustos del lector. En la presente colección la inspiración le llegó de la mano de Julio Verne y su Vuelta al mundo en ochenta días; también de Arnould Galopín y su novela La vuelta al mundo de dos pilletes. Ambas obras venían siendo editadas desde tiempo atrás en diferentes soportes: libro, novela y folletín, principalmente. Así que lo de dar la vuelta al globo terráqueo tenía su misticismo, incluso cierta aspiracionalidad para muchos lectores de aquellos años.
La introducción que hacía Boixcar en las primeras viñetas no podía ser más fidedigna con el relato de Verne: En una lluviosa tarde de invierno, en un aristocrático club de Londres, el famoso financiero español Andrés de Sauco y su inseparable amigo, el mayor Forrester, junto con otros socios charlan amigablemente. De pronto el financiero habla del proyecto pensado por dos sobrinos suyos, Mario y Julio, de dar la vuelta al mundo siguiendo un caprichoso itinerario y en el plazo máximo de dos años, sin utilizar para nada el avión”.
Los dos protagonistas fueron presentados como excelentes atletas, diestros en el manejo de las armas y hábiles jinetes, que por algo eran españoles. Ni que decir tiene la enorme cantidad de peligros y retos que tendrán que solventar hasta concluir con éxito su periplo; los últimos cuadernos dentro de un escenario bélico, repleto de nipones, que recordaba a la siguiente cabecera del autor para esta misma editorial, la mítica Hazañas Bélicas 1ª serie.  
Situar a los protagonistas ante el reto de dar la vuelta al mundo hacia más fácil la labor del guionista. Al contrario de lo que sucedía con la mayor parte de los protagonistas del tebeo de esos años, que iban de aventura en aventura sin mayor justificación que su afán aventurero o su inclinación a impartir justicia, este tipo de guión de justificación viajera, permitía cualquier escenario o exceso argumental, como así sucedió a lo largo de los veinticuatro cuadernos que formaron la colección.


Editorial Mateu también probaría la fórmula varios años después con La vuelta al mundo de dos chavales (1959), aunque en esta ocasión el guión nada tuviera que ver con el de Verne.



















Portada y página interior del cuaderno núm. 1