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martes, 29 de octubre de 2013

EL PEQUEÑO LUCHADOR (Valenciana, 1945)









Editorial: Valenciana
Año: 1945
Ejemplares:  230

Dibujos:  Manuel Gago - Luís Gago
Guión:  Pedro Quesada
Tamaño:  21 x 30 cm.
Páginas:  16 y 10 + Cubiertas
Precio:  1,50 y 2 pta.





Siempre he tenido la creencia de que El Pequeño Luchador fue un clon de Fernando –el valeroso y fiel escudero de El Guerrero del Antifaz--. Suponía que Manuel Gago, ante el tirón que poseía entre los lectores este acompañante del paladín enmascarado, decidió clonarlo, cambiarle la espada por dos hermosas pistolas y ponerlo en el quiosco encabezado una publicación del género western --oeste para nosotros, los niños de entonces--. Creía no estar desencaminado hasta que una vez analizadas las coordenadas del presente personaje he descubierto con cierto desconsuelo –tengo que reconocerlo-- que mi creencia no era cierta, que lo reamente cierto es que fue El Pequeño Luchador quien se adelantó varios meses a la aparición de Fernando.

Fred Hood --nombre verdadero del llamado Pequeño Luchador--, hizo su aparición en los quioscos al mismo tiempo que el cuaderno Nº. 11 de El Guerrero del Antifaz. Es decir, cuando aún faltaban doce cuadernos para la irrupción de Fernando, que como todos los aficionados saben tuvo lugar en el Nº. 23. O sea que quizá pudo suceder al revés de como en un principio pensaba, que fuese El Pequeño Luchador quien diera lugar a la aparición de Fernando, aunque más bien creo que la similitud de rasgos y características entre ambos personajes –rubiales, adolescentes, huérfanos en trágicas circunstancias-- fue lo que fue, el resultado de la personalidad del trazo de su autor, la consecuencia de un carácter estilístico ineluctable. Y, por supuesto, de un guionista consciente del ideal del héroe adolescente.

Dibujo original de Manuel Gago que nunca llegó a publicarse

Apenas once cuadernos de El Guerrero del Antifaz habían bastado a Manuel Gago para destapar las enormes cualidades narrativas que atesoraba; de ahí que Valenciana se apresurase a producir este western que a la postre resultaría todo un paradigma del género, la cabecera más longeva en su formato de cuantas se dieron cita en el tebeo clásico español: 230 cuadernos relucientes como soles, con impactantes portadas y un sin vivir narrativo digno del mejor folletín. Quizá la razón del éxito estuvo en la nula diferenciación respecto del Guerrero del Antifaz. Sólo fue necesario un cambio de escenario, de sarracenos por pieles rojas, más una enamorada por aquí, una pretendienta por allá –india por más señas--, un ayudante Matón –que así le llamaban-- un malo malísimo –Jakc, espécimen pérfido a lo Ali Kan--, y la cosa tenía que funcionar requetebién, como así sucedió. Tanto es así, que años más tarde, en 1960, volvió a los quioscos con portadas nuevas, alcanzando tanto o más éxito que en ésta su primera edición.

Portada del cuaderno núm. 1 de la 2ª edición (1960) 

Hasta el momento de su aparición (1945) el tebeo autóctono había recurrido con frecuencia al terreno del western, género que ampliaba su horizonte comercial a pasos agigantados gracias a la cine y a la literatura popular, pero ninguno de esos intentos había tenido apenas recorrido, incluidos los propios de Valenciana con Gago de garante, como fueron Bob Tayler y Tonín el Huerfanito, aunque esta última no fuese del todo muy purista con el género.  

Pedro Quesada, su guionista oficial, iniciaba así el relato: “Una caravana avanza por el oeste americano y se adentra osadamente en los territorios dominados por los pieles rojas de la tribu de los apaches. De pronto una lluvia de flechas cae sobre los exploradores de la caravana y muchos de ellos muerden el polvo antes de que puedan reponerse de la sorpresa. Entre los miembros de la caravana hay un matrimonio que tienen un hijo. Fred Hood, que lucha con sorprendente maestría”. Un chico que pronto se ganará el apodo de El Pequeño Luchador y que tendrá en las tribus indias –Apaches, Comanches, Iroqueses, Sioux, etc.— sus mayores referentes conflictivos hasta el último cuaderno.

Luís Gago tuvo una mínima parte de gloria en la presente serie. Una colaboración puntual, en momentos concretos, ante –suponemos— la imposibilidad de Manuel Gago de hacerse cargo de determinados cuadernos. Esto sucedió en los números 13, 18 y 30, y puede que alguno más.

 Portada del cuaderno Nº 1
Página interior del cuaderno Nº 1 





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